La crisis hídrica actual nos obliga a replantear cómo entendemos y gestionamos el agua. Durante años, la respuesta dominante ha estado centrada en infraestructura gris: represas, trasvases, canales revestidos, regulación directa del recurso y soluciones diseñadas principalmente desde la ingeniería. Sin embargo, podemos observar que este enfoque, por sí solo, resulta insuficiente frente a escenarios de alta variabilidad climática y degradación de ecosistemas.
En este contexto, cobran relevancia las Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN), entendidas como un enfoque que utiliza los procesos ecosistémicos para enfrentar desafíos como la crisis hídrica. Dentro de este marco, la infraestructura natural representa una aplicación específica orientada a la gestión del agua, donde ecosistemas y sistemas tradicionales como: amunas, qochas y bofedales cumplen funciones equivalentes a una infraestructura, al infiltrar, almacenar y regular el recurso hídrico.
Pero estas soluciones, que hoy se presentan como innovadoras, no son nuevas. En los Andes, las comunidades han gestionado el agua durante siglos mediante estos mismos sistemas. Desde esta perspectiva, las SbN representan una validación técnica contemporánea de prácticas ancestrales.
Esto nos invita a reflexionar sobre una idea clave: mirar al pasado no es retroceder, es recuperar conocimiento que ya resolvía problemas que hoy enfrentamos nuevamente. El desafío actual está en cómo integramos ese conocimiento con la ciencia y la tecnología para responder a problemas contemporáneos, como la seguridad hídrica de ciudades altamente dependientes de sus cuencas, como Lima.

La seguridad hídrica empieza en la cuenca
Esta mirada cobra sentido en la subcuenca de Santa Eulalia, ubicada en la cuenca del río Rímac, que cumple un rol estratégico en la provisión de agua para la ciudad de Lima. La disponibilidad hídrica de la capital depende en gran medida de lo que ocurre en estas zonas altoandinas, muchas veces por encima de los 3,500 msnm, donde se definen los procesos de regulación natural del agua.
Desde hace 15 años, venimos trabajando en esta subcuenca implementando SbN, enfocadas en recuperar la funcionalidad hidrológica del territorio. Este trabajo ha permitido pasar de intervenciones puntuales a una lógica de gestión a escala de cuenca.
Dentro de este sistema, la microcuenca Carhuayumac, ubicada en la comunidad campesina de San Pedro de Casta (Huarochirí, Lima), representa un caso concreto donde estas soluciones se integran y funcionan de manera articulada.
Soluciones que trabajan con la Naturaleza
En la subcuenca de Santa Eulalia, las soluciones basadas en la naturaleza que venimos implementando no responden a una única intervención, sino a una estrategia integral de regulación hídrica que busca recuperar procesos que el propio territorio ha desarrollado durante siglos. Entre ellas destacan las amunas, las qochas y los bofedales, cada una con funciones específicas, pero complementarias dentro del ciclo del agua.
Las amunas captan el agua durante la temporada de lluvias y la conducen hacia zonas de infiltración, favoreciendo la recarga natural de los acuíferos. Semanas o meses después, esta agua reaparece en forma de manantiales o caudal base, contribuyendo a mantener la disponibilidad hídrica durante la época seca. En términos técnicos, un kilómetro de amuna rehabilitada puede infiltrar aproximadamente entre 225,000 y 118,000 m³ de agua al año.
Las qochas actúan como reservorios naturales que almacenan temporalmente el agua superficial, disminuyen la escorrentía y favorecen una infiltración progresiva hacia el subsuelo. Los bofedales, por su parte, funcionan como verdaderas esponjas altoandinas, reteniendo agua, regulando los flujos y manteniendo la humedad necesaria para sostener tanto la biodiversidad como los servicios ecosistémicos asociados.
Sin embargo, más allá de su funcionamiento físico, estas soluciones incorporan un elemento clave: el cuidado del territorio. Para las comunidades, la naturaleza no es un recurso, sino un sistema vivo. Esta relación genera sostenibilidad en el tiempo.

De la intervención al impacto: resultados medibles
Después de quince años de trabajo en la subcuenca de Santa Eulalia, los resultados muestran cómo pequeñas acciones en las cabeceras de cuenca pueden generar efectos que trascienden el territorio. La rehabilitación y mantenimiento de más de 87 km de amunas ha permitido recuperar antiguos caminos del agua; ello, junto con la conservación de ecosistemas estratégicos, ha contribuido a beneficiar más de 6 mil hectáreas de ecosistemas de montaña con una mayor disponibilidad de humedad.
Este proceso representa un potencial de más de 15 millones de metros cúbicos de agua infiltrados cada año, fortaleciendo la regulación hídrica durante los periodos secos. A ello se suma la conservación de bofedales, cuyos beneficios hidrológicos superan los 5,000 m³/año por intervención, reforzando la capacidad natural del territorio para almacenar y liberar agua de manera gradual.
Sin embargo, quizás el resultado más importante es que estos beneficios no permanecen únicamente en las zonas altoandinas. Hoy, más de 320 mil personas se ven favorecidas directa o indirectamente por un territorio más resiliente y con mayor capacidad para sostener la seguridad hídrica.
Carhuayumac: un modelo validado desde el territorio
La microcuenca Carhuayumac, ubicada en la comunidad campesina de San Pedro de Casta, representa uno de los ejemplos más claros de cómo el conocimiento ancestral, la ciencia y la tecnología pueden converger para fortalecer la seguridad hídrica.
En este territorio, el trabajo integrado con amunas, qochas y bofedales ha permitido recuperar procesos naturales de regulación del agua, al mismo tiempo que se fortalecen capacidades locales y se genera evidencia para la toma de decisiones. Más que intervenciones aisladas, se ha construido un modelo de gestión territorial basado en el entendimiento del paisaje y sus dinámicas.
Como resultado, en el año 2024, la microcuenca Carhuayumac fue reconocida por UNESCO como sitio demostrativo de ecohidrología.
Este reconocimiento no responde a una intervención puntual, sino a un enfoque sostenido en el tiempo. Nos invita a entender que la innovación no necesariamente está en crear algo nuevo, sino en integrar conocimiento existente, validarlo y escalarlo con base técnica.
Además, posiciona a la subcuenca de Santa Eulalia como un referente internacional en SbN, demostrando que lo que ocurre en territorios altoandinos puede aportar a discusiones globales sobre seguridad hídrica.

Una mirada crítica: hacia una infraestructura híbrida
Podemos observar que muchas soluciones modernas fallan no por falta de ingeniería, sino por desconexión con el territorio. Ignorar el contexto cultural y ecológico limita su sostenibilidad.
Esto nos lleva a una reflexión: la solución no está en elegir entre lo ancestral o lo moderno, sino en construir una infraestructura híbrida.
Desde Aquafondo, trabajamos bajo este enfoque, integrando:
- Conocimiento ancestral, que aporta comprensión del territorio
- Ciencia, que permite validar procesos
- Tecnología, que facilita monitoreo y escalabilidad
Además, intervenimos desde donde todo empieza: en las cabeceras de cuenca, muchas veces por encima de los 3,500 msnm, donde se define la regulación hídrica que impacta directamente en ciudades como Lima.
Este enfoque también fortalece la resiliencia cultural, generando apropiación local y sostenibilidad en el tiempo.

Innovar también es recordar: una agenda para el futuro del agua
En espacios globales como la COP 17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD), donde también se debaten respuestas innovadoras frente a la crisis hídrica, experiencias como las desarrolladas en los Andes nos recuerdan que la innovación no siempre consiste en inventar algo nuevo. En ocasiones, implica reconocer el valor de conocimientos que han resistido el paso del tiempo, comprender por qué funcionaron y fortalecerlos con la ciencia y la tecnología disponibles hoy.
El desafío que enfrentamos no es elegir entre tradición y modernidad, sino aprender a integrarlas. Necesitamos soluciones capaces de combinar evidencia científica, innovación tecnológica y la sabiduría acumulada por quienes han convivido durante siglos con territorios complejos y cambiantes.
Quizás las crisis hídricas modernas nos estén dejando una de sus lecciones más importantes: el futuro del agua no depende únicamente de nuestra capacidad para construir nuevas infraestructuras, sino también de nuestra disposición para mirar el territorio con humildad y reconocer que algunas de las respuestas que buscamos han estado allí desde hace mucho tiempo.
Porque si queremos garantizar la seguridad hídrica del mañana, debemos empezar por cuidar los lugares donde todo comienza: donde nace el agua.























